Estiércol: del descarte a insumo agrícola y energía

Desde la crisis global de insumos, el sector agropecuario ha intensificado la búsqueda de alternativas viables y sostenibles. El estiércol ha ganado cada vez más relevancia debido a sus múltiples impactos positivos.

Por Rafael Motta el 23 de enero, 2026

Actualizado: 23/01/2026 - 16:13


Antes visto solo como un residuo molesto de la ganadería, el estiércol ahora forma parte de una agenda que combina productividad agrícola, reducción de costos, mitigación de riesgos y sostenibilidad ambiental. En un escenario global que exige una nueva lógica económica basada en la circularidad de los recursos, este material orgánico destaca como insumo estratégico para mejorar la fertilidad del suelo y reducir la dependencia de fertilizantes minerales —insumos sintéticos de alta solubilidad que, aunque eficaces a corto plazo, generan retos ambientales y económicos crecientes.

La sustitución adquiere urgencia especialmente en lo que respecta a los fertilizantes nitrogenados, una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero (GEI) en el sector, según el informe Agriculture, Forestry and Other Land Use (AFOLU). El impacto se produce en dos frentes: el proceso de fabricación de esos fertilizantes minerales libera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂), mientras que su aplicación en el campo genera emisiones de óxido nitroso (N₂O). Esta última es especialmente crítica, pues tiene un potencial de calentamiento global alrededor de 265 veces mayor que el del CO₂.

Paralelamente, según la Embrapa, la aplicación de estiércol bovino, porcino o avícola mejora la estructura física del suelo, aumenta la retención de agua y estimula la actividad microbiana —factores esenciales para el desarrollo de la vegetación. Además, el material es rico en nutrientes como nitrógeno, fósforo, potasio y micronutrientes que se liberan de forma gradual, lo que garantiza mayor eficiencia nutricional y reduce los impactos derivados de soluciones sintéticas.

No obstante, aunque no es una novedad, la adopción del estiércol como abono a escala industrial y tecnificada está dando sus primeros pasos. 

¿Cuándo el estiércol empezó a ganar protagonismo?

Entre 2021 y 2022, la búsqueda de alternativas a los fertilizantes sintéticos cobró fuerza debido a la crisis global de insumos, desencadenada por los cuellos de botella logísticos de la pandemia y agravada de forma severa por la guerra entre Rusia y Ucrania. El conflicto afectó al agronegocio al restringir la oferta de materias primas esenciales, como potasio y nitrógeno, elevando los costos de producción y amenazando la rentabilidad del campo. Ese escenario de incertidumbre llevó a los productores a buscar alternativas para garantizar la continuidad de los negocios, incluidas opciones biológicas.

Según datos de la Embrapa, el choque de oferta expuso la vulnerabilidad brasileña, dado que el país importaba cerca del 85% de los fertilizantes utilizados anualmente. Ante la crisis, la entidad estatal intensificó las directrices del Plan Nacional de Fertilizantes, enfocándose en el desarrollo de tecnologías nacionales, como los bioinsumos y la remineralización de suelos, para mitigar la dependencia externa y buscar la soberanía productiva en el sector.

Casos de éxito en el País

El uso de estiércol como insumo agrícola fortalece la lógica de la economía circular al reintegrar al sistema productivo un material que antes se consideraba un pasivo ambiental. En lugar de generar costos de eliminación o riesgos de contaminación, el residuo se convierte en un activo estratégico que mejora la salud del suelo y reduce la necesidad de fertilizantes minerales importados.

Un ejemplo emblemático de esta transición en Brasil es el Condominio de Agroenergía para la Agricultura Familiar de Ajuricaba, en Paraná. El proyecto pionero conecta explotaciones rurales a un sistema de biodigestores que trata toneladas de desechos bovinos y porcinos. El proceso genera dos fuentes de valor: el biogás y el biofertilizante líquido, que se transporta para su aplicación directa en los cultivos de los productores, reemplazando al fertilizante químico.

Además del aprovechamiento directo en el suelo, el potencial energético de este material ha impulsado proyectos a escala industrial. Uno de los principales casos de éxito en el país es la planta de biogás de Geo Biogás & Tech en asociación con Cocal, en Narandiba/SP. La unidad utiliza residuos agroindustriales para la producción de biometano y energía eléctrica a gran escala. Según la Agencia Nacional de Energía Eléctrica (ANEEL), el biogás agropecuario ya se perfila como una de las fuentes más prometedoras para la expansión de la matriz energética brasileña, transformando pasivos orgánicos en combustible renovable para flotas e industrias.

Presente y futuro de los fertilizantes orgánicos y bioinsumos en Brasil

Brasil ya es considerado líder mundial en agricultura biológica y, desde 2024, viene transformando de forma significativa el escenario de producción y adopción de fertilizantes orgánicos y bioinsumos en términos de legislación y metas de seguimiento, contribuyendo a reposicionar al biofertilizante de un “sustituto emergente” a un componente estructural del manejo.

Entre los cambios divulgados en el Informe Anual de Seguimiento del PNF, publicado a finales de 2024 por el Consejo Nacional de Fertilizantes y Nutrición de Plantas (CONFERT), vinculado al Ministerio de Desarrollo, Industria, Comercio y Servicios (MDIC), destacan:

  • Aumentar la producción y la oferta de fertilizantes orgánicos y organominerales en un 25% hasta 2025 y un 50% hasta 2030 (tomando 2023 como línea base). A largo plazo, la meta es llegar a un aumento del 500% hasta 2050.
  • Expandir el uso de bioinsumos para la nutrición de plantas hasta, como mínimo, el 25% de toda la superficie cultivada en Brasil para 2030. Para 2050, el objetivo es que el 75% de la superficie utilice estas tecnologías.

Promulgado el 23 de diciembre de 2024, el Nuevo Marco Legal de Bioinsumos (Ley nº 15.070/2024) es el cambio más significativo, que aportó mayor claridad jurídica sobre la definición de los bioinsumos (productos que utilizan microorganismos, enzimas o extractos naturales para diversas funciones) y, en consecuencia, su distinción respecto a los fertilizantes orgánicos (productos compuestos por materia orgánica vegetal o animal que sirven como fuente de nutrientes para las plantas y mejoradores de la estructura física del suelo).

A partir de la nueva ley, los bioinsumos dejan de ser tratados como “anexos” de plaguicidas o fertilizantes químicos y pasan a tener categoría y regulación propias, lo que confiere mayor seguridad jurídica. 

La ley también legalizó y simplificó la producción de bioinsumos para uso propio dentro de las explotaciones agrícolas, lo que debería acelerar la adopción a gran escala sin depender únicamente de la industria. La previsión de mecanismos financieros y tributarios específicos para quienes producen o utilizan bioinsumos, con el objetivo de abaratar el costo para el productor, es otro cambio que debería contribuir a la expansión del sector, que ya está creciendo a una tasa media del 22% anual, entre 2021 y 2024. En la cosecha 2024/25 el crecimiento fue del 13%, un avance cuatro veces mayor que la media global, según el informe Bioinsumos en Brasil – Datos de mercado del sector, elaborado por CropLife Brasil en asociación con la consultora Blink.

Fuentes de referencia:


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