La ganadería de rumiantes participa en un proceso muy particular del clima: el gas metano que emite el ganado no es “nuevo” en la atmósfera. Tiene su origen en un ciclo biogénico del carbono que se renueva en pocos años.
El ciclo funciona de la siguiente manera en sistemas resilientes: los pastos y otras plantas captan CO₂ para crecer. Es decir, la recuperación de pasturas proporciona una mayor reserva de carbono al sistema, ya que, con la acumulación de materia orgánica en el suelo, se interrumpen las pérdidas de CO₂ a la atmósfera. Ese carbono se convierte, por tanto, en alimento para el animal. Durante el proceso digestivo, parte de ese gas vuelve a la atmósfera en forma de metano mediante la eructación (conocida popularmente como eructo).
De acuerdo con el panorama de emisiones de metano publicado por la FGV, después de unos 10 a 12 años ese metano se convierte nuevamente en CO₂ y agua, pudiendo ser reutilizado por la vegetación. Esa misma lógica está demostrada por centros de investigación internacionales, como CLEAR/UC Davis, que explica que, a medida que el metano “nuevo” entra en el aire, el metano más antiguo va siendo removido en la misma proporción, manteniendo el sistema en equilibrio cuando el ganado es estable.
Por eso investigadores y organizaciones internacionales destacan que el metano de origen ganadero debe analizarse de forma distinta al CO₂ de origen fósil. Mientras el primero integra el ciclo biogénico del carbono, el CO₂ fósil resulta de la extracción de carbono que permaneció almacenado en el subsuelo durante millones de años, en forma de carbón, petróleo y gas natural, por ejemplo.
En condiciones naturales, ese carbono no circularía entre la atmósfera, la biosfera y los océanos. Al extraerse y utilizarse como fuente de energía, altera el balance climático de forma estructural, introduciendo carbono “nuevo” en la atmósfera y, en consecuencia, aumentando el stock total de gases de efecto invernadero. Ese aumento neto —además del tiempo de permanencia del CO₂— es el principal factor que diferencia el impacto climático de las emisiones de origen fósil.
Dónde entra la ganadería en las cuentas (y por qué importa la trayectoria)

Para gases de vida corta como el metano, lo que más pesa es la trayectoria de las emisiones. Investigadores de Oxford propusieron una métrica llamada GWP* (Global Warming Potential Star), mostrando que emisiones estables de metano casi no añaden calentamiento a lo largo del tiempo, y que pequeñas reducciones pueden incluso neutralizar el efecto adicional.
Sin embargo, aunque sea un “contaminante climático de vida corta”, como clasifica el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), tiene un poder de calentamiento elevado, superior incluso al del dióxido de carbono. Por eso se incluye en el balance de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Según estimaciones de la Food and Agriculture Organization (FAO), la agricultura es responsable de una parte importante del metano antropogénico, incluida la contribución de la ganadería.
Para mitigar este impacto, el sector se ha movilizado en dos frentes principales. Uno es reducir las emisiones. Son ejemplos la optimización de la nutrición bovina para un proceso digestivo más eficiente, los estudios sobre el uso de prebióticos y probióticos y el desarrollo de vacunas con el mismo enfoque en la digestión del animal. El otro frente de actuación está orientado a medidas que buscan retener más carbono en el suelo. El principio es que un pasto bien manejado contribuye a la fijación de carbono en el suelo. La adopción de técnicas como la Integración Cultivo-Ganadería-Bosque (ILPF) y la recuperación de pasturas degradadas son ejemplos en este sentido. Además de actuar como un importante reservorio de CO₂, ayudando a mitigar el cambio climático, el carbono en el suelo mejora la fertilidad y la estructura de la tierra, aumenta la retención de agua y nutrientes y reduce la erosión.
El Programa Renove, de Minerva Foods, cuyos componentes son Finanzas Verdes, Capacitación y Alianzas Técnicas e Institucionales, sigue estas dos direcciones, involucrando a las fincas en la adopción de medidas que mitiguen las emisiones, lo que, a su vez, también representa ganancias de productividad, rentabilidad y acceso a mercados.
Un estudio de caso del programa mostró que, en 11 fincas evaluadas, la cantidad de carbono absorbida en el suelo fue mayor que la emitida por el ganado, resultando en un balance de emisiones negativo. La cuantificación de carbono removido por buenas prácticas de ganadería utilizada por Renove es convergente con los protocolos de la Embrapa para Carne Carbono Neutro (CCN), que usan el bosque y el manejo para compensar las emisiones.

Según una publicación de Carbon Brief, sitio especializado en el tema, el conjunto de mejoras —animal que engorda más rápido y es sacrificado antes, menor emisión por kilo de carne y suelo manejado para retener carbono— es aún más relevante cuando recordamos que, en el caso del metano, lo que pesa para el clima es la trayectoria de las emisiones a lo largo del tiempo. Si el sector mantiene las emisiones estables o consigue reducirlas un poco año tras año, el metano prácticamente deja de añadir calentamiento adicional, como muestran los investigadores de la Universidad de Oxford que propusieron el modelo GWP*. Más aún: representa un mecanismo importante de global cooling (enfriamiento del clima).
Al centrarse en la ciencia del ciclo corto del metano e invertir en manejo y nutrición eficientes, la ganadería moderna deja de verse como un problema climático y pasa a formar parte esencial de la solución para el futuro Net Zero, que además de ser un compromiso público de Minerva Foods, es la meta global de reducir a cero el saldo de gases de efecto invernadero (GEI) que la humanidad libera a la atmósfera, alcanzando el equilibrio entre lo emitido y lo removido, de forma que se estabilice el clima.



