¿Tu entrenamiento no cambió, pero bajó el ritmo? La ferritina puede explicarlo

Comprenda por qué el cansancio no siempre es solo resultado del entrenamiento.

Por Rafael Mota el 20 de agosto, 2026

Actualizado: 21/08/2026 - 09:40

Mujer corriendo por una carretera costera con otras personas al fondo, realizando actividad física al aire libre al atardecer en un ambiente deportivo. No hay ninguna indicación de hierro ni ferritina en la imagen.
Foto: PeopleImages / Shutterstock

Mantienes una rutina impecable de entrenamientos para carreras, duermes ocho horas por noche y sigues una alimentación equilibrada, pero, de un momento a otro, las piernas parecen hechas de plomo. El ritmo que antes parecía cómodo se convierte en un esfuerzo extenuante y la frecuencia cardíaca se dispara ya en los primeros kilómetros.

No siempre ocurre por culpa del overtraining (exceso de entrenamiento) o de la falta de acondicionamiento físico previo a la carrera. En algunos casos, el problema aparece de manera silenciosa: es la deficiencia de hierro sin anemia.

Hierro y ferritina: ¿qué son?

Imagen sobre fondo azul con el símbolo de una gota roja y una cápsula de sangre al lado, que sugiere niveles de hierro y ferritina en el contexto de la salud y los análisis de laboratorio.
Foto: Helena Nechaeva / Shutterstock

De acuerdo con la revista Swiss Medical Weekly, de la Sociedad Suiza de Medicina del Deporte, el hierro cumple múltiples funciones en más de 180 reacciones bioquímicas del organismo. Los principales mecanismos por los que el deporte provoca deficiencia de hierro son el aumento de la demanda, el incremento de la pérdida de hierro y el bloqueo de la absorción debido a picos de hepcidina (hormona producida por el hígado que se encarga de controlar la circulación del hierro por el cuerpo).

Para comprender cómo la falta de hierro puede afectar el rendimiento deportivo, es importante diferenciar tres elementos:

  • Hierro: mineral necesario para transportar oxígeno y producir energía. Cuando falta, el organismo puede tener más dificultades para sostener el esfuerzo físico, lo que favorece el cansancio, la caída del rendimiento y una recuperación más lenta;
  • Hemoglobina: proteína de los glóbulos rojos que lleva el oxígeno desde los pulmones hasta los músculos y demás tejidos. Si sus niveles disminuyen, como ocurre en la anemia por deficiencia de hierro, llega menos oxígeno a los músculos durante el ejercicio;
  • Ferritina: proteína que almacena el hierro e indica el tamaño de las reservas disponibles en el organismo. Los niveles bajos pueden revelar que estas reservas se están agotando, incluso antes de que aparezca anemia o disminuya la hemoglobina.

¿Cómo afecta a los atletas?

Hierro y ferritina: Maratón urbana: un atleta con camiseta roja y gafas de sol corre junto a otros participantes; la imagen se centra en el corredor en primer plano, con un narrador de fondo durante la carrera al aire libre.
Foto: Fernanda Paradizo / Shutterstock

La carencia de hierro se desencadena principalmente por el aumento de la necesidad de este mineral durante los entrenamientos, por su pérdida en el organismo y por bloqueos temporales de la absorción causados por el propio esfuerzo físico. Para controlar estos niveles, deben realizarse análisis de sangre de rutina —con especial atención a los niveles de hemoglobina y ferritina sérica— de dos a tres veces al año en atletas de actividades de resistencia (cuando el cuerpo puede mantener un esfuerzo físico medio o intenso sin fatiga excesiva), como carreras de larga distancia, ciclismo de ruta, triatlón y natación en aguas abiertas, y al menos dos veces al año para el seguimiento individual general.

En atletas a partir de los 15 años, los niveles de ferritina inferiores a 30 mcg/l ya indican reservas comprometidas, mientras que para los niños de 6 a 12 años el límite recomendado es de 15 mcg/l y, para los adolescentes de 12 a 15 años, de 20 mcg/l. Una excepción importante se da en atletas de élite que entrenan en altitudes elevadas, situación en la que el nivel ideal debe alcanzar al menos 50 mcg/l para cubrir la alta demanda del organismo.

Por lo tanto, también según el consenso de la Sociedad Suiza de Medicina del Deporte, la disminución del hierro reduce significativamente el número de mitocondrias y la actividad de las enzimas respiratorias celulares, comprometiendo la capacidad oxidativa del músculo mucho antes de que la hemoglobina sufra alteraciones. Se trata, por tanto, de una deficiencia aislada de hierro, no de anemia ferropénica, que ocurre cuando las reservas del mineral se agotan y la producción de hemoglobina se desploma.

¿Cómo podemos perder hierro al correr?

La carrera urbana expone al organismo a estresores fisiológicos específicos que aceleran la reducción de las reservas de hierro. Al contrario de lo que muchos piensan, el impacto mecánico no es el único responsable, y la ciencia describe mecanismos muy claros para esta pérdida: 

Microisquemia del tracto gastrointestinal (sangrado silencioso)

Durante los ejercicios prolongados e intensos, el flujo sanguíneo se desvía de forma considerable del sistema digestivo hacia los músculos en actividad. Esta falta temporal de irrigación de la mucosa intestinal puede causar microlesiones y pequeños sangrados ocultos en las heces, lo que representa el principal mecanismo de pérdida física de hierro inducido por el deporte.

Pérdidas menores: tracto urinario y sudor (h4)

Pequeñas cantidades de hierro pueden eliminarse a través del sudor y de microlesiones que provocan sangrados leves en el tracto urinario (hematuria) después del esfuerzo. Sin embargo, en términos absolutos, estas pérdidas se consideran estadísticamente irrelevantes para causar por sí solas una deficiencia.

El mito de la hemólisis por impacto (foot-strike) (h4)

La carrera provoca la ruptura mecánica de glóbulos rojos en los vasos sanguíneos de las plantas de los pies debido al impacto repetitivo contra el suelo. Sin embargo, el organismo recicla y recupera internamente todos los componentes liberados, lo que significa que no existe una pérdida directa o neta de hierro por este proceso.

Bloqueo por hepcidina e inflamación posterior al entrenamiento (h4)

Las sesiones intensas o prolongadas de carrera desencadenan una respuesta inflamatoria transitoria con elevación de la interleucina-6 (IL-6). Esta citocina estimula al hígado a sintetizar hepcidina, hormona que degrada los canales de ferroportina en el intestino y bloquea temporalmente la absorción del hierro de los alimentos. Según una investigación publicada en el Journal of Nutrition, la absorción intestinal de hierro puede caer más de un 35% durante las tres a seis horas posteriores a un entrenamiento largo, cuando los niveles de hepcidina están elevados. 

Pérdidas menstruales

La pérdida continua de sangre debido al flujo menstrual mensual (menstruación) es la principal causa de pérdida constante de hierro en las mujeres atletas, lo que las convierte en el principal grupo de riesgo. Según una revisión publicada en el Journal of the International Society of Sports Nutrition (JISSN), la prevalencia de la reducción de las reservas de hierro en atletas femeninas varía entre el 18% y el 57%, y alcanza un impresionante 50% específicamente en corredoras de larga distancia. Además, la literatura señala que la mayoría de las atletas de resistencia logra cubrir perfectamente sus necesidades calóricas y proteicas diarias, pero falla de forma constante en alcanzar la ingesta diaria recomendada de hierro. Esta brecha dietética, sumada al sangrado menstrual periódico, actúa como un factor decisivo que acelera drásticamente la caída de la ferritina. 

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La tríada de la atleta femenina

Hierro y ferritina: Mujer realizando estiramientos de los músculos de las piernas en el césped de un parque, en un entorno urbano con edificios al fondo, practicando ejercicio físico al aire libre.
Foto: jane_palash / Unsplash

Mencionada con frecuencia entre bastidores de la medicina deportiva, la tríada de la atleta femenina (o simplemente tríada) es un síndrome clínico caracterizado por la interrelación de tres problemas que se presentan a lo largo de un espectro de gravedad:

  • Baja disponibilidad energética (LEA): se produce cuando el aporte calórico de la alimentación es insuficiente para cubrir las demandas del entrenamiento y las funciones corporales vitales básicas del organismo, y puede estar asociado o no a trastornos alimentarios.
  • Disfunción menstrual: que puede ir desde menstruaciones ligeramente irregulares hasta la ausencia total de menstruación durante tres o más meses consecutivos (amenorrea).
  • Salud ósea comprometida: debilitamiento óseo precoz (que va desde la osteopenia hasta la osteoporosis), derivado de la falta de estrógeno en el organismo, lo que eleva drásticamente el riesgo de lesiones óseas por estrés.

La deficiencia de hierro tiene una estrecha relación con esta condición. Una amplia variedad de investigaciones científicas indica que un nivel bajo de hierro, especialmente el agotamiento precoz de la ferritina, suele ser el primer indicador clínico objetivo (“proxy”) de que la atleta sufre una baja disponibilidad energética, funcionando como una señal de alerta mucho antes de que el síndrome se consolide por completo en el organismo.

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¿Cómo alcanzar la meta diaria de hierro con alimentos cotidianos?

Para las mujeres adultas en edad fértil, la recomendación estándar de consumo de hierro es de 18 mg/día. Sin embargo, si practican actividades físicas intensas de resistencia (como las atletas), el desgaste del entrenamiento exige un consumo aún mayor, entre un 30% y un 70% superior, lo que eleva la necesidad diaria a valores de entre 23 mg y más de 30 mg, según las directrices de la Universidad de Washington y estudios publicados en el portal PMC de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Para un hombre adulto, en cambio, la recomendación diaria es de solo 8 mg/día. 

Para alcanzar la recomendación sin recurrir de inmediato a suplementos, la alimentación es el mejor camino. La cantidad de mineral presente en cada 100 g de alimento varía según las bases oficiales de nutrición. Algunos ejemplos son:

  • Hígado bovino a la parrilla: 5,80 mg.
  • Tofu: 5,36 mg.
  • Lentejas cocidas: 3,33 mg.
  • Carne molida de res: 2,30 mg.
  • Frijoles negros cocidos: de 1,46 mg a 1,50 mg

Fuentes: Tabla TACO de la Unicamp; Tabla TBCA de la USP; Estudio “The IRONy in Athletic Performance” (PMC) y Guía de suplementación de la Universidad de Washington

Además de la cantidad de hierro presente en el alimento, es fundamental tener en cuenta la capacidad del organismo para absorber el mineral. El hierro de origen animal (hemo) es mucho más fácil de absorber para el cuerpo. Las estimaciones varían desde una tasa típica de absorción del 25% hasta un máximo potencial del 40%. 

Por su parte, la tasa de absorción del hierro de origen vegetal (no hemo) es muy variable, entre el 2% y el 20%; uno de los estudios señala un promedio de absorción del 17% en las dietas occidentales habituales. En este caso, el secreto es consumirlo junto con fuentes de vitamina C (como naranja, limón o kiwi), lo que puede multiplicar hasta por cuatro la absorción del mineral. Y, por otro lado, evitar los lácteos (ricos en calcio), el café o los tés negro y verde en la misma comida, ya que reducen el aprovechamiento del hierro por parte del organismo.

El factor de ajuste del propio organismo

Los estudios científicos destacan que la absorción no es un número fijo, ya que el cuerpo humano cuenta con una regulación homeostática inteligente:

  • Si las reservas están vacías: en individuos con deficiencia grave de hierro (niveles de ferritina sérica de alrededor de 10 μg/L), el organismo aumenta la eficiencia de captación y eleva la tasa de absorción de ambas formas (hemo y no hemo) hasta el 40%.
  • Si las reservas están llenas: cuando la persona tiene reservas adecuadas de hierro, el intestino reduce drásticamente la tasa de absorción (principalmente del hierro no hemo) para proteger los órganos contra la toxicidad del exceso de mineral.

¿Qué hacer ante el cansancio?

Ante un cansancio inexplicable, la respuesta más inteligente del corredor no es aumentar el volumen de entrenamiento, ya que esta decisión puede agravar el cuadro al desencadenar nuevos picos de hepcidina y profundizar un déficit energético oculto en el organismo, sino analizar la sangre. El control periódico de la ferritina  y el ajuste preciso de la alimentación, centrado tanto en un aporte calórico adecuado para evitar la baja disponibilidad energética como en la ingesta estratégica de hierro acompañado de facilitadores de la absorción, como la vitamina C, son herramientas tan decisivas para progresar sobre el asfalto como elegir las zapatillas o cumplir con el plan de entrenamiento. Garantizar unas reservas adecuadas de hierro significa proteger el organismo, ayudar a blindar el esqueleto contra fracturas y reacciones de estrés óseo —cuyo riesgo llega a ser entre tres y cinco veces mayor en atletas con desequilibrios de la tríada— y permitir que el estado físico real se refleje en el cronómetro, ya que la optimización de este mineral mejora de forma comprobada la capacidad de consumo de oxígeno (VO2 máx.) y la eficiencia energética muscular en cada zancada.

La ferritina es una proteína que almacena el hierro e indica el tamaño de las reservas disponibles en el organismo. Para los corredores es crucial porque sus niveles bajos pueden revelar que las reservas de hierro se están agotando, incluso antes de que aparezca anemia o disminuya la hemoglobina. En atletas de resistencia a partir de los 15 años, niveles inferiores a 30 mcg/l ya indican reservas comprometidas, mientras que atletas de élite que entrenan en altitudes elevadas necesitan al menos 50 mcg/l.

La deficiencia de hierro sin anemia reduce significativamente el número de mitocondrias y la actividad de las enzimas respiratorias celulares, comprometiendo la capacidad oxidativa del músculo mucho antes de que la hemoglobina sufra alteraciones. Esto resulta en caída del rendimiento, piora en la economía de corrida, menor capacidad de adaptación al entrenamiento, reducción del VO2 máximo y aceleración de la fatiga, incluso cuando los análisis de hemoglobina aún se encuentran dentro de los rangos normales.

Los corredores pierden hierro principalmente por: microisquemia del tracto gastrointestinal (sangrado silencioso en las heces durante ejercicios prolongados), pérdidas menores a través del sudor y tracto urinario, bloqueo de absorción por hepcidina (hormona que se eleva tras entrenamientos intensos y reduce la absorción intestinal de hierro hasta un 35%), y en mujeres, pérdidas menstruales que representan la principal causa de pérdida constante de hierro. El mito del impacto mecánico (hemólisis por foot-strike) no causa pérdida neta de hierro porque el organismo recicla internamente todos los componentes liberados.

Las mujeres atletas enfrentan mayor riesgo debido a que la pérdida continua de sangre por menstruación es la principal causa de pérdida constante de hierro. Además, la prevalencia de reducción de reservas de hierro en atletas femeninas varía entre 18% y 57%, alcanzando 50% específicamente en corredoras de larga distancia. La mayoría de las atletas de resistencia falla en alcanzar la ingesta diaria recomendada de hierro, y esta brecha dietética sumada al sangrado menstrual periódico acelera drásticamente la caída de ferritina. Las mujeres necesitan 18 mg/día de hierro, pero atletas de resistencia requieren entre 23 mg y más de 30 mg diarios.

La deficiencia de hierro tiene una estrecha relación con la tríada de la atleta femenina, un síndrome caracterizado por baja disponibilidad energética, disfunción menstrual y salud ósea comprometida. Un nivel bajo de hierro, especialmente el agotamiento precoz de ferritina, suele ser el primer indicador clínico objetivo de que la atleta sufre baja disponibilidad energética, funcionando como una señal de alerta mucho antes de que el síndrome se consolide completamente. Esta conexión es importante porque la deficiencia de hierro puede indicar problemas nutricionales más profundos que requieren intervención.

Para alcanzar la recomendación diaria sin suplementos, se pueden consumir alimentos ricos en hierro como hígado bovino a la parrilla (5,80 mg por 100g), tofu (5,36 mg), lentejas cocidas (3,33 mg), carne molida de res (2,30 mg) y frijoles negros cocidos (1,46-1,50 mg). El hierro de origen animal (hemo) se absorbe entre 25% y 40%, mientras que el de origen vegetal (no hemo) se absorbe entre 2% y 20%. Para potenciar la absorción del hierro vegetal, consúmelo con vitamina C (naranja, limón, kiwi) que puede multiplicar la absorción hasta por cuatro, y evita lácteos, café o tés negro y verde en la misma comida.

Los atletas de actividades de resistencia (carreras de larga distancia, ciclismo de ruta, triatlón y natación en aguas abiertas) deben realizarse análisis de sangre de dos a tres veces al año, con especial atención a los niveles de hemoglobina y ferritina sérica. Para el seguimiento individual general, se recomienda al menos dos veces al año. Este control periódico es fundamental porque permite detectar deficiencias de hierro antes de que afecten significativamente el rendimiento y la salud ósea.

Ante cansancio inexplicable, la respuesta más inteligente no es aumentar el volumen de entrenamiento, ya que esto puede agravar el cuadro al desencadenar nuevos picos de hepcidina y profundizar un déficit energético oculto. En su lugar, debes analizar la sangre para verificar los niveles de ferritina. El control periódico de ferritina y el ajuste preciso de la alimentación, centrado en un aporte calórico adecuado y en la ingesta estratégica de hierro acompañado de facilitadores de absorción como la vitamina C, son herramientas tan decisivas para progresar como elegir las zapatillas o cumplir con el plan de entrenamiento.